Pero el sol no se vino en la maleta. Dejó su lugar a las nubes negras que lloraban constantemente, empapándonos de tristeza -mientras nosotros reíamos- y siendo testigos de que, pase lo que pase, siempre nos quedará París y un grato recuerdo.
Ateca
Dónde hay tiempo para todo y no queda tiempo para nada.
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