En los pueblos pequeños, ya se sabe, nos conocemos todos, nos saludamos todos con cordialidad; te acercas a la barra y siempre hay un grupo de gente con quien entablar conversación y compartir unas cervezas. En el colegio electoral, con los apoderados, pues más de lo mismo, qué tal va la participación, cómo llevas la jornada, para todos hay unas palabras amables, independientemente de cuál sea el color del distintivo que lleven colgado del cuello, pues el que no es familia, es amigo o vecino.
En mi pueblo, te toca votar en una de las tres mesas electorales, en función de tu apellido. Cristóbal, en la primera aula a la derecha; Moreno, en el aula del fondo. Al entrar a mi aula, me cruzo con mi amiga -su apellido comienza por A- y su novia. Con los miembros de la mesa electoral otra charradica: ¿Qué tal va, pues? ¿Cómo lo lleváis? La presidenta de mi mesa es una chica joven, risueña, alta, seguramente la hija de alguien que se ha hecho adulta sin yo darme cuenta. Lleva el pelo cubierto por un hiyab, detalle que me hace pensar si será esta la muchacha que hace un par de años sacó la mejor nota de la Evau de los alumnos del instituto. Le entrego el DNI, me sonríe, ayuda a su compañero de mesa a localizarme en las listas y, cuando mi participación ha quedado registrada me indica, con un ya puedes acompañado de una sonrisa aún más amplia, que puedo introducir el voto en la urna.
En mi pueblo, en la actualidad, hay 1785 habitantes. Votaron casi 1.200 (el 67%, no está nada mal). Solo 130 votos fueron para los partidos de ultraderecha (el 15%); pero hace tres años habían sido 57 (algo menos del 6%) y hace 6, apenas 21 (un residual 2%). Un ascenso exponencial que da miedo.
Últimamente, tengo un pensamiento recurrente: si mi abuelo pudiera ver el panorama, le causaría tal desconsuelo que se alegraría de no estar vivo.
Hace treinta años, siempre había uno o dos votos a Falange Española, que casi podías adivinar de quién, de alguno de los hevitrones del pueblo, más por enredar que por ideología. Hoy es difícil poner nombres y apellidos a esos 130 retrógrados en un pueblo donde la escuela sobrevive a base de agrupar varios cursos en la misma aula, en el que puedes comprar una vivienda unifamiliar con nueve dormitorios, bodega y corral por 63.000€, y en el que la asistenta social no da abasto para tramitar las solicitudes de ayuda a la dependencia de una población cada vez más envejecida.
En resumen. En Aragón, El PP se esbafa, el PSOE se estozola, Izquierda Unida y Teruel Existe se esbarizan, y aunque la Chunta recibe un buen empentón, el más rufo y ufano es VOX.
En conclusión: un chandrío.
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