El beso


¿Qué piensas? –me preguntó.
Yo no podía dejar de fijar mis ojos en sus ojos, con rápidas y fugaces miradas a sus labios. ¿Cómo explicarle que estaba barajando las consecuencias de atreverme a besarle?
Si adivinase mis intenciones, posiblemente echaría su cabeza hacia atrás en un acto reflejo, poniendo distancia entre sus labios y los míos.
O tal vez permanecería impasible, como una piedra, y esbozando una sonrisa nerviosa diría con ironía pero ¿qué haces? y yo me sentiría absurda y avergonzada y no podría volver a mirarle a la cara.
O quizás respondería con irá, con enfado, sujetándome fuertemente por los brazos y alejándome de él con un zarandeo mientras clavaba en mí una mirada asesina.
Pero ¿y si nada de eso ocurriese? ¿Si por el contrario él recibiese mi beso con complacencia, permitiendo que mis labios rozasen suavemente los suyos, como una caricia, antes de aventurarme a ejercer una presión mayor sobre ellos a la vez que mi olfato percibía el aroma de su piel sin distancias ni barreras? ¿Y si sus manos no quedasen indiferentes y buscaran mi cintura para después deslizarse despacio y con decisión hacia mi espalda, y aferrarme a él fundiéndonos en un abrazo para evitar mi huida, prolongando ese beso hasta que fuese su voluntad, sin escapatoria ni vuelta atrás? 
Entonces yo cerraría los ojos, con mis manos tocaría su pelo y con mis pies... ¡El cielo!

2 comentarios:

  1. Tan bonito como interesante.
    Me gustaría que este blog tuviera más vida y poder leerte más a menudo.
    Felicidades por estas letras.

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    1. Gracias maestro. A mí también me gustaría que el blog tuviera más vida y la vida más días y los días más horas. Tus palabras ya son un motivo para ello. Lo intentaré 😉

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